El peso del silencio

Por Katy Núñez

Con la mirada fija en el fondo de la taza, ella se abrazaba los codos, intentando sostener los pedazos de una conversación que ni siquiera sabían cómo retomar. Llevaba tanto tiempo intentando salvar lo que sentía por él que ya no recordaba cuándo había empezado a perderse a sí misma. Había agotado todas las formas posibles de hablar, de explicar lo que le dolía, de hacerle comprender que amar no era corregir, ni exigir, ni moldear a la persona con la que compartes la vida. Cada conversación terminaba igual: ella pidiéndole que la escuchara y él convencido de que, si insistía un poco más, acabaría convirtiéndola en la mujer que imaginaba. Sin darse cuenta, había ido apagando la alegría de aquella mujer que un día se enamoró de él, hasta dejar en su lugar una tristeza tan profunda que ya ni siquiera encontraba fuerzas para discutir.

Él llegó a la cocina sin hacer ruido. Quiso entrar como tantas otras veces, dispuesto a intentarlo de nuevo, pero se detuvo en el umbral. Bastó verla para comprenderlo todo. La mujer que tenía delante seguía amándolo; precisamente por eso dolía tanto descubrir que ya no quedaba ilusión en sus ojos, ni siquiera rabia ni reproches ni esperanza. Solo un cansancio que le robaba la esperanza. Un cansancio que llevaba su nombre.

Sintió cómo una certeza le atravesaba el pecho con una dolencia insoportable. No había sido la vida quien la había roto. Había sido él. Él, con su necesidad constante de cambiarla; con aquella forma de querer en la que siempre había espacio para sus razones, pero nunca para las necesidades de ella. Nunca había aprendido a amar sin colocar antes su propio reflejo en el centro de la relación. Y ahora era demasiado tarde. Todo lo que ella había sido se había ido borrando mientras luchaba por conservar un amor que, desde el principio, la obligaba a dejar de ser fiel a si misma.

Comprendió entonces que no le quedaba nada que ofrecerle. Ni una promesa. Ni otra conversación. Ni una oportunidad más. Si alguna vez la había amado de verdad, el único acto de amor que aún estaba a tiempo de hacer era dejar de seguir destruyéndola.

Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre la mesa. El leve golpe contra la madera fue la última conversación que compartieron. Después se marchó sin volver la vista atrás.

 Ella ni siquiera se giró; una última lágrima rodó por su mejilla hasta llegar a sus labios con sabor a despedida.

El temario pendiente

El esquema de Historia llevaba una hora estancado en la misma fecha. A sus diecinueve años, las paredes de la biblioteca municipal empezaban a sentirse demasiado estrechas y los apuntes de la prueba de acceso, un laberinto interminable de subrayador amarillo y marcadores rosas.

Llevaba tres capítulos repasados, pero solo un diez por ciento de su atención puesto en los libros. El noventa restante pertenecía al crujido de la puerta de madera: cada vez que alguien entraba, se desilusionaba al comprobar que no era él.

Revisaba la misma línea por cuarta vez, pretendiendo estar concentrada mientras mantenía el ángulo de visión fijo en el pasillo central. Cada sombra que cruzaba el cristal le hacía contener la respiración por un segundo; cada paso lento entre las estanterías le aceleraba el pulso, esperando reflejarse en sus ojos.

Sabía que seguiría allí atrapada, aguardando esa declaración que él nunca terminaba de pronunciar. Ella podía verla en su mirada cada vez que la observaba fijamente, como si no existiera nadie más en ese universo que ambos compartían. No importaba si era un autobús, un aula o una cueva, ni que de aquella excursión disfrutaran otros treinta alumnos más; si estaban cerca, atraían las miradas de todos, aunque entre ellos solo hubiera silencio. El resto podía oír su amor.

Se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en la palma de la mano y dejando que el bolígrafo rodara despacio entre sus dedos. Sabía que debería estar memorizando fechas y nombres, pero la verdadera asignatura de esa tarde era adivinar si él aparecería por la puerta antes de que cayera el sol.

Por Katy Núñez

El manuscrito olvidado

Por Katy Núñez

—Llevamos trescientos días en este salón —dijo él, apretando los dientes mientras se ajustaba con dedos temblorosos un cuello de camisa que la autora jamás terminó de detallar—. Ni siquiera sé si fuera es de día o de noche.

Ella suspiró, apoyándose contra un ventanal que solo existía porque en la primera línea se mencionaba «una luz suave».

—Tuvo un bloqueo, lo sabes. Sentí cómo vacilaba su pulso en el teclado antes de cerrarnos.

—¡Un bloqueo no dura diez meses! —la interrumpió él, con la voz rota por una rabia impotente—. Nos cambió por otra historia. Nos dejó aquí, suspendidos a medio paso, sin saber qué iba a ser de nosotros…

En la estancia no había paredes definidas, solo una penumbra grisácea que se extendía hasta donde el borrador dejaba de existir. Sobre la mesa —una mesa que solo era de roble porque en el primer párrafo se había mencionado esa palabra— descansaba una taza de té. El vapor llevaba meses suspendido en el aire, inmóvil, desafiando a la física de un mundo que se había parado.

—Trescientos días —repitió él, con una opresión en el pecho que amenazaba con ahogarlo—. Trescientos días desde la última vez que sentimos el golpe del teclado. Nos dejó a mitad de frase. ¡Iba a revelarte la verdad sobre el testamento y se limitó a cerrar la tapa del portátil!

Ella continuaba apoyada contra el ventanal, contemplando el paisaje exterior: un jardín borroso donde los árboles no tenían hojas porque nadie se había tomado el trabajo de describirlas.

—Te lo repito, solo es un bloqueo —respondió ella en voz baja, buscando calmarlo mientras acariciaba la porcelana fría de la taza—. Recuerdo perfectamente aquel último martes. Sentí cómo vacilaba cuando borró tres veces la misma palabra antes de suspender la sesión. Estaba agotada.

— No te engañes. Se distrajo. Vio una idea más brillante, un personaje más joven o una historia más fácil y nos archivó en una carpeta llamada Proyectos pendientes. Somos un cadáver digital en su disco duro.

—No, mientras nos recordemos el uno al otro —dijo ella, girándose despacio para mirarlo y sostenerle la mirada con una ternura firme—. ¿Acaso no sientes todavía la pasión con la que nos trazó? La forma en que eligió la cicatriz de tu pómulo, o cómo dudó durante horas hasta encontrar mi nombre… Nos quiso. Nos dio voz.

—Nos dio voz para dejarnos mudos —murmuró él, rotos los últimos vestigios de su furia. Dio un paso hacia ella, buscando refugio y reduciendo la distancia en aquel espacio a medio construir—. Extraño la luz azul de la pantalla. Extraño esa sensación de cobrar vida a medida que sus dedos avanzaban.

—Yo también —admitió ella en un suspiro, bajando la mirada hacia las manos inútiles de ambos—. Pero a veces, en mitad del silencio, me parece oír el eco de sus pasos al acercarse al escritorio. Como si estuviera a punto de abrir el archivo de nuevo.

Él sonrió con una amargura desgarradora, inclinándose ligeramente hacia ella en un gesto de entrega desolada que había quedado pausado para siempre.

—Si algún día regresa y borra todo esto para empezar de cero… prométeme que no me olvidaras.

Ella alzó la vista y apretó los labios con una tristeza suave.

—Nunca podría. Fuimos su mejor idea, aunque solo fuera durante una primavera.

Magnetismo

Por Katy Núñez

Él dio un paso, reduciendo a nada la distancia, y levantó el paraguas sobre sus cabezas. Bajo la tela negra apenas quedaba espacio.

Ella iba a darle las gracias, pero la intención se le quedó atascada en la garganta al sentir el calor que emanaba de su abrigo. Olía a madera seca: un aroma cálido y magnético. Él no la miraba a los ojos; su atención estaba fija en la gota de agua que resbalaba despacio, bajando hacia la curva de su cuello.

Lentamente, sin prisas, él levantó la mano libre. Con la yema del pulgar rozó la piel para atrapar la gota. Fue un contacto mínimo, pero el pulso de ella dio un vuelco tan violento que estuvo segura de que él podía oírlo.

—Te estás mojando —susurró él.

No se movieron. Él inclinó la cabeza, lo justo para que sus respiraciones se rozaran. Sus ojos se encontraron en la penumbra. Lo demás dejó de importar.

El tejedor de hojas

Por Katy Núñez

En un pequeño taller de Florencia, el fuego y el hollín dictaban el ritmo del día a un humilde herrero. Sin embargo, cuando el sol se ponía y el martinete callaba, el taller cambiaba de alma. A la luz de las velas, las manos toscas del artesano se volvían delicadas para trabajar en las palabras que maese Francesco, el anciano que le había enseñado a leer y escribir, había sembrado en su memoria antes de partir.

A pesar de que en un rincón descansaba la pequeña imprenta de tipos móviles que el maestro le legó, el herrero se negaba a publicar historias que no hubieran nacido enteramente de sus dedos. No le bastaba con imaginarlas: robandole horas al sueño, cada madrugada moldeaba el papel mezclando agua y algodón fino hasta obtener pliegos suaves como la seda. Destilaba la tinta con el hollín de su propia fragua, pulía las plumas y, al terminar, cosía los folios hilo a hilo antes de vestirlos con cuero repujado.

Un día, un joven aprendiz se fijó en el agotador esfuerzo de meses para completar un solo volumen y, señalando la máquina cubierta de polvo, le preguntó por qué no utilizaba la imprenta.

El herrero sonrió, acarició la cubierta aún tibia de su última creación y respondió:

—Quien solo escribe el texto entrega al mundo un pensamiento. Pero quien elabora el papel, la tinta y el nudo de las páginas, consigue que el libro tenga su propia alma. Así, cuando el lector lo abre, siente en sus dedos el tiempo exacto que tardé en amar esta historia.

Sin embargo, el joven insistió tanto que el herrero terminó cediendo. Pensó que tenía razón: sus palabras podían llegar a más personas y no debía dejar que su terquedad limitara el legado que maese Francesco le había enseñado a amar. Compuso los tipos de metal, impregnó las letras de plomo y puso a rodar la prensa.

Años después, cuando la salud del herrero comenzó a apagarse, entre los aldeanos corrió el rumor de que el Todopoderoso lo castigaba por haber entregado su arte a aquella máquina del diablo. Sin embargo, antes de cerrar los ojos por última vez, el viejo artesano supo la verdad: no lo mataba la ira divina, sino el dulce y venenoso mal del plomo.

Un delito de altura

Por Katy Núñez

El chirrido metálico del ascensor rompía el silencio de las tres de la mañana. Subía despacio hacia mi piso pero, de repente, se detuvo en la tercera planta. Las puertas se abrieron a un pasillo a oscuras y, justo antes de volver a cerrarse, una mano desconocida frenó el sensor desde fuera…

—Buenas noches. ¿Este gato es suyo? —me preguntó una señora despeinada, en camisón y con cara de muy pocos amigos.

Mis ojos se abrieron de golpe mientras mi mente gritaba un «trágame, tierra». La cara de la anciana era un poema. Me acerqué y cogí al animal de sus brazos, intentando pisar firme y aguantar la risa que amenazaba con traicionarme; al fin y al cabo, acababa de llegar de la fiesta de los empleados del hotel.

El gato me miraba pidiendo auxilio, la anciana reclamando explicaciones y yo me mantenía erguida como podía mientras el Pepito Grillo de mi cabeza dictaba las órdenes: «Coge al gato. Discúlpate. Ahora sonríe educadamente y da las buenas noches». Seguí las instrucciones al pie de la letra.

—Vamos, Lince. No está bien molestar a los vecinos —añadí, buscando desesperadamente algo de empatía.

Ella me sostuvo la mirada, inflexible, y remató:

—Se ha tirado desde su balcón al mío, me ha destrozado las plantas y se ha meado en la cortina.

#ComunidadEscritora #Microrrelato

Descompás

Por Katy Núñez

El sol ya doraba las copas de los pinos y el rocío brillaba sobre la hierba. La luna, sin embargo, parecía resistirse a abandonar la rama más alta del viejo roble, donde el búho seguía con los ojos abiertos de par en par.

Embelesada por las páginas del libro de una joven llegada de lejos, que ahora pasaba el día en las tierras de don Manuel —un anciano malhumorado al que solo el viento saludaba—, el ave lanzó un hondo ululato matutino. El bosque entero pareció detenerse. Confundidas, las ardillas dejaron de recolectar y un lirón rezagado tomó el camino equivocado al regresar a su madriguera.

Don Manuel, sobresaltado por aquel revuelo, dejó de ordeñar a Filipa. La vaca, molesta por la interrupción, coceó el cubo mientras la leche, aún tibia, empapaba el esparto y la loneta del calzado del anciano. —¡Esperanza, diablo de niña! ¿Dónde estás? —gritó, convencido de que todo aquel alboroto solo podía deberse a la visita de la nieta de doña Juana.

La anciana había partido temprano hacia el mercado para vender cuatro docenas de los cinco cartones de huevos que guardaba en casa. En un principio quiso llevar consigo a Esperanza, pero la muchacha rompió una docena entera mientras cargaban el carro y la idea quedó descartada. A regañadientes, y aprovechando una antigua deuda pendiente, doña Juana convenció a don Manuel para que vigilara a la joven durante la mañana. El viejo, demasiado orgulloso para dejar una cuenta sin saldar, aceptó el encargo, aunque el amanecer ya le reclamaba suficientes tareas.

Oculta tras los matorrales, Esperanza volvió la cara al escuchar los gritos del anciano que la llamaba. En ese mismo instante, el lirón despistado se acercó con curiosidad a cotillear las páginas abiertas. La joven lo observó con ternura mientras le explicaba que aquel libro hablaba del amor prohibido entre dos familias enfrentadas.

—No, pequeño, eso no es para ti —susurró con una sonrisa mientras cerraba el libro. Se puso en pie de un salto, sacudiéndose las hojas de la falda, y caminó siguiendo el eco de los gritos aún flotando entre los árboles; desanduvo el camino entre la maleza.

#Literatura

Las sombras invisibles del trabajo tiene un nombre horrible…

El mobbing es un depredador que te vigila y, si no tienes cuidado, termina por hacerte daño.

“¡Solo quería trabajar! Debería ser algo sencillo, ¿verdad?”

Isabela era una joven osada e interesante, aunque poco sociable. En las pocas ocasiones en las que se permitió mostrarse tal cual era, desbordó carácter y autenticidad. Pero su energía provocó una competencia silenciosa y un verbo antiguo: la envidia.

Liviano en fatiga y experto en el arte de incomodar, el “abanderado del abuso” no buscaba méritos, sino víctimas. Atacar, distorsionar, apartar… ese era su talento. Observaba a los demás con el deseo de reducirlos, incapaz de soportar la luz ajena. Y es que en algunos lugares de trabajo el valor se castiga, la independencia molesta y la bondad se confunde con debilidad.

Pero Isabela aprendió algo: quien tiene luz no puede —ni debe— permanecer en la oscuridad. No hay éxito que justifique perder la paz. No hay sueldo que valga la dignidad.

—Katy Núñez

El mobbing, o acoso laboral, es la acción de producir desprecio, miedo o desánimo en el trabajador por parte de superiores o compañeros.

Natalia: entre turnos y dignidad.

Al verla, nadie pensaría que trabaja en hostelería. No se le nota el cansancio en la cara, aunque sus jornadas a veces parecen no terminar nunca y el reconocimiento casi nunca llega.

Su primer trabajo fue con apenas dieciocho años. Un verano entero por 400 €, con horarios imposibles y sin descanso real. Fue entonces cuando entendió qué significaba la palabra explotación. Después vinieron otros empleos: contratos precarios, abusos psicológicos y hasta situaciones en las que prefería caminar pegada a la pared para evitar contactos no deseados.

Mientras tanto, empresarios que se aprovechaban y políticos que nunca movieron un dedo. Esa fue la realidad que le tocó vivir.

Pero Natalia siempre tuvo claro algo: no estaba dispuesta a pasar su vida aguantando lo inaceptable. Buscó lugares donde se respetara a las personas, donde los derechos laborales fueran reales y no un papel colgado en la pared. Cuando los encontró, pudo progresar. Ahí empezó a ahorrar, a viajar, a disfrutar. Y lo más importante: a respetarse y ser respetada.

Su historia es un recordatorio para cualquiera que esté empezando: vida solo hay una, y no puede gastarse soportando abusos. Trabajar sí, esforzarse también. Pero no a cualquier precio.

A todos los jóvenes que hoy trabajan en hoteles, bares o restaurantes: no aceptéis la explotación como si fuera normal. El trabajo forma parte de la vida, pero la vida también está para vivirla.

—katy Núñez.

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