
Por Katy Núñez
En un pequeño taller de Florencia, el fuego y el hollín dictaban el ritmo del día a un humilde herrero. Sin embargo, cuando el sol se ponía y el martinete callaba, el taller cambiaba de alma. A la luz de las velas, las manos toscas del artesano se volvían delicadas para trabajar en las palabras que maese Francesco, el anciano que le había enseñado a leer y escribir, había sembrado en su memoria antes de partir.
A pesar de que en un rincón descansaba la pequeña imprenta de tipos móviles que el maestro le legó, el herrero se negaba a publicar historias que no hubieran nacido enteramente de sus dedos. No le bastaba con imaginarlas: robandole horas al sueño, cada madrugada moldeaba el papel mezclando agua y algodón fino hasta obtener pliegos suaves como la seda. Destilaba la tinta con el hollín de su propia fragua, pulía las plumas y, al terminar, cosía los folios hilo a hilo antes de vestirlos con cuero repujado.
Un día, un joven aprendiz se fijó en el agotador esfuerzo de meses para completar un solo volumen y, señalando la máquina cubierta de polvo, le preguntó por qué no utilizaba la imprenta.
El herrero sonrió, acarició la cubierta aún tibia de su última creación y respondió:
—Quien solo escribe el texto entrega al mundo un pensamiento. Pero quien elabora el papel, la tinta y el nudo de las páginas, consigue que el libro tenga su propia alma. Así, cuando el lector lo abre, siente en sus dedos el tiempo exacto que tardé en amar esta historia.
Sin embargo, el joven insistió tanto que el herrero terminó cediendo. Pensó que tenía razón: sus palabras podían llegar a más personas y no debía dejar que su terquedad limitara el legado que maese Francesco le había enseñado a amar. Compuso los tipos de metal, impregnó las letras de plomo y puso a rodar la prensa.
Años después, cuando la salud del herrero comenzó a apagarse, entre los aldeanos corrió el rumor de que el Todopoderoso lo castigaba por haber entregado su arte a aquella máquina del diablo. Sin embargo, antes de cerrar los ojos por última vez, el viejo artesano supo la verdad: no lo mataba la ira divina, sino el dulce y venenoso mal del plomo.








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