Por Katy Núñez
—Llevamos trescientos días en este salón —dijo él, apretando los dientes mientras se ajustaba con dedos temblorosos un cuello de camisa que la autora jamás terminó de detallar—. Ni siquiera sé si fuera es de día o de noche.
Ella suspiró, apoyándose contra un ventanal que solo existía porque en la primera línea se mencionaba «una luz suave».
—Tuvo un bloqueo, lo sabes. Sentí cómo vacilaba su pulso en el teclado antes de cerrarnos.
—¡Un bloqueo no dura diez meses! —la interrumpió él, con la voz rota por una rabia impotente—. Nos cambió por otra historia. Nos dejó aquí, suspendidos a medio paso, sin saber qué iba a ser de nosotros…
En la estancia no había paredes definidas, solo una penumbra grisácea que se extendía hasta donde el borrador dejaba de existir. Sobre la mesa —una mesa que solo era de roble porque en el primer párrafo se había mencionado esa palabra— descansaba una taza de té. El vapor llevaba meses suspendido en el aire, inmóvil, desafiando a la física de un mundo que se había parado.
—Trescientos días —repitió él, con una opresión en el pecho que amenazaba con ahogarlo—. Trescientos días desde la última vez que sentimos el golpe del teclado. Nos dejó a mitad de frase. ¡Iba a revelarte la verdad sobre el testamento y se limitó a cerrar la tapa del portátil!
Ella continuaba apoyada contra el ventanal, contemplando el paisaje exterior: un jardín borroso donde los árboles no tenían hojas porque nadie se había tomado el trabajo de describirlas.
—Te lo repito, solo es un bloqueo —respondió ella en voz baja, buscando calmarlo mientras acariciaba la porcelana fría de la taza—. Recuerdo perfectamente aquel último martes. Sentí cómo vacilaba cuando borró tres veces la misma palabra antes de suspender la sesión. Estaba agotada.
— No te engañes. Se distrajo. Vio una idea más brillante, un personaje más joven o una historia más fácil y nos archivó en una carpeta llamada Proyectos pendientes. Somos un cadáver digital en su disco duro.
—No, mientras nos recordemos el uno al otro —dijo ella, girándose despacio para mirarlo y sostenerle la mirada con una ternura firme—. ¿Acaso no sientes todavía la pasión con la que nos trazó? La forma en que eligió la cicatriz de tu pómulo, o cómo dudó durante horas hasta encontrar mi nombre… Nos quiso. Nos dio voz.
—Nos dio voz para dejarnos mudos —murmuró él, rotos los últimos vestigios de su furia. Dio un paso hacia ella, buscando refugio y reduciendo la distancia en aquel espacio a medio construir—. Extraño la luz azul de la pantalla. Extraño esa sensación de cobrar vida a medida que sus dedos avanzaban.
—Yo también —admitió ella en un suspiro, bajando la mirada hacia las manos inútiles de ambos—. Pero a veces, en mitad del silencio, me parece oír el eco de sus pasos al acercarse al escritorio. Como si estuviera a punto de abrir el archivo de nuevo.
Él sonrió con una amargura desgarradora, inclinándose ligeramente hacia ella en un gesto de entrega desolada que había quedado pausado para siempre.
—Si algún día regresa y borra todo esto para empezar de cero… prométeme que no me olvidaras.
Ella alzó la vista y apretó los labios con una tristeza suave.
—Nunca podría. Fuimos su mejor idea, aunque solo fuera durante una primavera.

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