Por Katy Núñez
El chirrido metálico del ascensor rompía el silencio de las tres de la mañana. Subía despacio hacia mi piso pero, de repente, se detuvo en la tercera planta. Las puertas se abrieron a un pasillo a oscuras y, justo antes de volver a cerrarse, una mano desconocida frenó el sensor desde fuera…
—Buenas noches. ¿Este gato es suyo? —me preguntó una señora despeinada, en camisón y con cara de muy pocos amigos.
Mis ojos se abrieron de golpe mientras mi mente gritaba un «trágame, tierra». La cara de la anciana era un poema. Me acerqué y cogí al animal de sus brazos, intentando pisar firme y aguantar la risa que amenazaba con traicionarme; al fin y al cabo, acababa de llegar de la fiesta de los empleados del hotel.
El gato me miraba pidiendo auxilio, la anciana reclamando explicaciones y yo me mantenía erguida como podía mientras el Pepito Grillo de mi cabeza dictaba las órdenes: «Coge al gato. Discúlpate. Ahora sonríe educadamente y da las buenas noches». Seguí las instrucciones al pie de la letra.
—Vamos, Lince. No está bien molestar a los vecinos —añadí, buscando desesperadamente algo de empatía.
Ella me sostuvo la mirada, inflexible, y remató:
—Se ha tirado desde su balcón al mío, me ha destrozado las plantas y se ha meado en la cortina.
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