Por Katy Núñez

Él dio un paso, reduciendo a nada la distancia, y levantó el paraguas sobre sus cabezas. Bajo la tela negra apenas quedaba espacio.

Ella iba a darle las gracias, pero la intención se le quedó atascada en la garganta al sentir el calor que emanaba de su abrigo. Olía a madera seca: un aroma cálido y magnético. Él no la miraba a los ojos; su atención estaba fija en la gota de agua que resbalaba despacio, bajando hacia la curva de su cuello.

Lentamente, sin prisas, él levantó la mano libre. Con la yema del pulgar rozó la piel para atrapar la gota. Fue un contacto mínimo, pero el pulso de ella dio un vuelco tan violento que estuvo segura de que él podía oírlo.

—Te estás mojando —susurró él.

No se movieron. Él inclinó la cabeza, lo justo para que sus respiraciones se rozaran. Sus ojos se encontraron en la penumbra. Lo demás dejó de importar.