El esquema de Historia llevaba una hora estancado en la misma fecha. A sus diecinueve años, las paredes de la biblioteca municipal empezaban a sentirse demasiado estrechas y los apuntes de la prueba de acceso, un laberinto interminable de subrayador amarillo y marcadores rosas.

Llevaba tres capítulos repasados, pero solo un diez por ciento de su atención puesto en los libros. El noventa restante pertenecía al crujido de la puerta de madera: cada vez que alguien entraba, se desilusionaba al comprobar que no era él.

Revisaba la misma línea por cuarta vez, pretendiendo estar concentrada mientras mantenía el ángulo de visión fijo en el pasillo central. Cada sombra que cruzaba el cristal le hacía contener la respiración por un segundo; cada paso lento entre las estanterías le aceleraba el pulso, esperando reflejarse en sus ojos.

Sabía que seguiría allí atrapada, aguardando esa declaración que él nunca terminaba de pronunciar. Ella podía verla en su mirada cada vez que la observaba fijamente, como si no existiera nadie más en ese universo que ambos compartían. No importaba si era un autobús, un aula o una cueva, ni que de aquella excursión disfrutaran otros treinta alumnos más; si estaban cerca, atraían las miradas de todos, aunque entre ellos solo hubiera silencio. El resto podía oír su amor.

Se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en la palma de la mano y dejando que el bolígrafo rodara despacio entre sus dedos. Sabía que debería estar memorizando fechas y nombres, pero la verdadera asignatura de esa tarde era adivinar si él aparecería por la puerta antes de que cayera el sol.

Por Katy Núñez