Por Katy Núñez

Con la mirada fija en el fondo de la taza, ella se abrazaba los codos, intentando sostener los pedazos de una conversación que ni siquiera sabían cómo retomar. Llevaba tanto tiempo intentando salvar lo que sentía por él que ya no recordaba cuándo había empezado a perderse a sí misma. Había agotado todas las formas posibles de hablar, de explicar lo que le dolía, de hacerle comprender que amar no era corregir, ni exigir, ni moldear a la persona con la que compartes la vida. Cada conversación terminaba igual: ella pidiéndole que la escuchara y él convencido de que, si insistía un poco más, acabaría convirtiéndola en la mujer que imaginaba. Sin darse cuenta, había ido apagando la alegría de aquella mujer que un día se enamoró de él, hasta dejar en su lugar una tristeza tan profunda que ya ni siquiera encontraba fuerzas para discutir.

Él llegó a la cocina sin hacer ruido. Quiso entrar como tantas otras veces, dispuesto a intentarlo de nuevo, pero se detuvo en el umbral. Bastó verla para comprenderlo todo. La mujer que tenía delante seguía amándolo; precisamente por eso dolía tanto descubrir que ya no quedaba ilusión en sus ojos, ni siquiera rabia ni reproches ni esperanza. Solo un cansancio que le robaba la esperanza. Un cansancio que llevaba su nombre.

Sintió cómo una certeza le atravesaba el pecho con una dolencia insoportable. No había sido la vida quien la había roto. Había sido él. Él, con su necesidad constante de cambiarla; con aquella forma de querer en la que siempre había espacio para sus razones, pero nunca para las necesidades de ella. Nunca había aprendido a amar sin colocar antes su propio reflejo en el centro de la relación. Y ahora era demasiado tarde. Todo lo que ella había sido se había ido borrando mientras luchaba por conservar un amor que, desde el principio, la obligaba a dejar de ser fiel a si misma.

Comprendió entonces que no le quedaba nada que ofrecerle. Ni una promesa. Ni otra conversación. Ni una oportunidad más. Si alguna vez la había amado de verdad, el único acto de amor que aún estaba a tiempo de hacer era dejar de seguir destruyéndola.

Sacó las llaves del bolsillo y las dejó sobre la mesa. El leve golpe contra la madera fue la última conversación que compartieron. Después se marchó sin volver la vista atrás.

 Ella ni siquiera se giró; una última lágrima rodó por su mejilla hasta llegar a sus labios con sabor a despedida.