El méteme en todo curioseaba tomando notas poco veraces. De estructura corporal parva, pobre en texto, su mermada capacidad no limitaba la maldad de su verbo. Esperaba el momento para trasladar al patrón su vergonzosa mentira.
—Lo vio hasta el todo poderoso —le juraba al malhumorado capitán.
El marinero no se midió.
—Acusaba en vano. Su único fin era acabar con su vida y robarle el cargo.
Tras aquella declaración de odio, el agraviado se levantó, retiró de su cinturón una pequeña bolsa de piel ajada y, tras hacerla sonar, la devolvió a su lugar para aportar certeza.
—Sabe bien que desconfío del joven, sabe que prometí buen pago —por verdad—, pero no sabe que mi persona se encontraba oculta en la oscuridad…

Katy Núñez