Simplemente Eva.

La distancia era difícil de sobrellevar, parecía tan oportuna…, tan limpia. No quería sentarse a pensar en ello, no por miedo, sino porque sabía que haciéndolo sentiría aún más el encierro. Evaluar la equidad de lo ocurrido no era posible porque no existía una norma establecida —simplemente no la había— solo restaba…, esperar y respetar. Era el momento de ofrecer la otra mejilla, confiar en dios y rogarle paciencia.